Abrí lentamente los ojos, estaba aturdido. No recordaba cómo había llegado donde estaba. Pero recordaba vagamente una cama, y estaba tumbado, acurrucado, mirando las botellas vacías del suelo. Y lloraba, es lo que más recuerdo, las lágrimas y el dolor. Dicen que el peor dolor es el de dentro y no el físico, y, efectivamente, estaban en lo cierto. Nada es comparable a la opresión que sientes en el pecho al respirar, el dolor que te causa inspirar para que puedan llegar a los pulmones una mínima gota de aire. Nada es comparable a la herida sangrante dentro de tu propia alma y de tu corazón, que cada vez que empieza a cicatrizar se abre más, y más...Como si alguien metiera el dedo dentro de ella, y buscara arrancarte de un cuajo tu maltrecho corazón, apretando con fuerza contra el músculo, sacado toda la sangre de dentro, clavándote cuchillos, echándote veneno. Y no hay piedad con ese dolor, porque te deja muerto. Muerto, porque sabes que cuando vuelvas a respirar, volverás a sentirlo, y prefieres cerrar los ojos y no abrirlos nunca más.
Y ahí estaba yo, en una habitación pequeña, con cuatro paredes blancas, más blancas que la nieve, tan blancas que me dejaba ciego verlas. Entraba un poco de luz natural por una pequeña ventana, arriba del todo, en el techo. Me levanté del suelo y me acerqué a las paredes, tanteándolas, buscando una forma de salir de aquella jaula. Pero no había ninguna pared, ningún orificio por donde salir. Empecé a agobiarme, y me lancé contra las paredes, aporreándolas. Cogía carrerilla y me estampaba contra ellas haciendo toda la fuerza que podía, rascando las paredes con las uñas, alzándome sobre ellas para intentar escalar.
Sentía que cada vez que quería respirar me costaba más. No quedaba casi oxígeno, seguramente debía haber consumido la mayoría al caer inconsciente. Sólo notaba que me estaba ahogando, que no podía más...Se me ocurrió gastar lo poco de oxígeno que quedaba en gritar...gritar como un loco, gritar, gritar sin que nadie sea capaz de escucharte. Y soltar una última lágrima antes de apoyarme en la pared, y cerrar los ojos. Ya no recuerdo nada más, sólo sé, que poco a poco me sentía más ligero hasta que..todo acabó.
Mi último recuerdo fue...como siempre, en mi mente...
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