-¿sí?
-Jean, he conseguido mover los hilos y ya podrás incorporarte a
partir de mañana, aunque te dan un margen de dos días. He tenido también que
retocar tu expediente y eliminar varios años que estuviste de….
Jeremy seguía hablándole pero realmente no le estaba escuchando.
Ya le había dado luz verde, y era consciente de que se tenía que ir cuanto
antes. Estaba muy contento en su hospital , por primera vez en mucho tiempo no
pensaba en nada, era capaz de no sentirse
triste o miserable, sino útil, y tener que desprenderse de todo aquello le
entristecía y a la vez le aterraba. Cerró los ojos mientras de fondo escuchaba
a Jeremy y suspiró profundamente. Sería
mejor empezar a coger lo imprescindible ya.
-….así que ya está todo arreglado. ¿Me has escuchado Jean?¿Estás
bien?-resonó la voz preocupada de su amigo al otro lado del auricular.
-Sí…ya hablaremos. Gracias por todo, como siempre Jeremy
Sin llegar a esperar a que le contestara, colgó y se metió el
móvil en el bolsillo. ¿Y ahora qué iba a empaquetar? No es que su coche fuera
precisamente espacioso, y Nito iba a ocupar una parte de los asientos. Miró a
su perro mientras mordisqueaba su pelota, tumbado en su gran almohadón,
bastante entretenido. Qué fácil que sería ser perro, sin tantas
preocupaciones…y sin mafiosos que busquen a testigos.
Lentamente fue preparando cajas de cartón y colocando todos los
libros que tenía dentro de ellos. Había decidido llevarse sólo los libros , un
poco de ropa y poca cosa más. Quizás el
motivo de ir tan despacio era el no tener que asumir lo que le había sucedido,
el alejarse más de sus problemas, pero él mismo era consciente de que era un
error. Había que afrontar la situación, e irse era lo mejor que podía hacer;
borrón y cuenta nueva. Esperaba que dejando todo aquello pudiera desprenderse
de la preocupación de pensar en si los matones andaban cerca de él.
Aprovechó las horas punta de gente para cargar su coche con las
cajas de la manera más disimulada posible, siempre procurando que no le viera
aquél hombre calvo. Nada más cargar la última caja, despedirse de su ahora
vieja casa, y meter a Nito dentro del coche, se metió definitivamente en el
coche dispuesto a marcharse. Arrancó con parsimonia el motor, y se reajustó el
retrovisor cuando en ese momento observó al hombre calvo del tatuaje girando la
esquina . Sin pensárselo dos veces, aceleró y se fue con la máxima rapidez que
pudo de aquél lugar. Poco después, ya estando a las afueras de la ciudad, se
permitió el lujo de mirar por la ventana para echarle un último vistazo a su ya
antiguo hogar
-hasta pronto Lyon-susurró

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