This is my brain

dijous, 27 de gener del 2011

Ruído y consuelos

El mismo sonido todas las mañanas, ¿o debería llamarlo "ruido"?
Todos los días tenía la misma rutina. Se levantaba tras un sueño profundo que le dejaba agotado mentalmente, no sólo por haber dormido, sino porque le costaba horas conciliar el sueño y al final nunca conseguía descansar lo suficiente. El ruido del despertador, estridente, le retumbaba en los oídos machacándoselos con fuerza hasta que abría pesadamente los ojos, se los frotaba y miraba la hora que era en un reloj viejo encima de la mesilla, y finalmente se calzaba las zapatillas de estar por casa para ir hasta el armario. Abría las pesadas puertas de madera, buscaba una sudadera y un pantalón viejo de chándal, se calzaba las deportivas y a correr.
No era por hobbie, sino porque era una de las pocas cosas que le levantaba el ánimo de buena mañana. A pesar de vivir en una ciudad, él siempre sabía muy bien dónde ir para ver el amanecer, era quizás el momento preferido del día, el único momento donde podía estar él y el sol, cara a cara, sin que nadie le reprochara nada, sin miramientos, sin pensamientos estúpidos que le llenaban la cabeza de dolores. El mejor sitio era la colina que había frente a la bahía, un sitio despejado y libre de edificios altos que taparan el cielo, así que corrió hasta llegar, y se sentó a ver el sol.
Lo malo de la ciudad es que la contaminación llenaban el aire de un espeso humo grisáceo que empañaba todo, dejaba un olor reseco en el ambiente y no se disfrutaba tanto, pero en cambio acentuaba el color rojizo y hacía más intenso el espectáculo. No se aburría, no tenía sueño, era como si nunca hubiera visto ese fenómeno y no se perdía cada mínimo detalle que había de él .Esperó durante una hora hasta que el cielo pasó por todos los tonos cálidos del arco iris, y luego con lentitud se levantó para despedirse de la estrella prometiéndole que volvería al día siguiente, tampoco tenía nada mejor que hacer.
Mientras volvía a casa corriendo se puso a observar a la gente que pasaba a su lado. Comerciantes que abrían sus tiendas, adolescentes que lanzaban periódicos a las puertas de las casas, barrenderos que ponían a punto las calles...¿Qué clase de vida tendrán esas personas? Supuso que cada uno tenía su propia rutina, y sin embargo le daba la sensación de que eran felices con su vida, que disfrutaban de cada pequeño detalle que les proporcionaba felicidad. ¿Y él?¿Acaso él no era feliz?Ni siquiera supo la respuesta, la ignoró nada más llegó a casa con tal de no contestar una respuesta demasiado obvia. Lanzó lejos las deportivas, se quitó la ropa y se metió directamente en la ducha. No tuvo prisa en salir, dejó que todas las gotas de agua se impregnaran bien en su cuerpo y se puso a observar el vaho que salía del chorro caliente del agua mientras caía con fuerza sobre su cabeza. Finalmente decidió salir cuando ya tuvo los dedos bien arrugados, se secó, se puso la ropa del mismo estilo que todos los días, y salió de casa sin desayunar.
Mientras caminaba hacia el garaje cogió el periódico y sin leerlo, lo lanzó al cubo de la basura. Tenía la absurda sensación de vivir estancado en los días, pero tampoco hacía acto de cambiarlo. ¿era miedo?¿era temor?. Ni siquiera lo sabía, ¿para qué, de qué servirá? No conseguiré cambiar absolutamente nada. Subió a la moto, se puso el casco, arrancó y se fue camino el hospital.
Era fascinante cómo se cambiaban las marchas. ¿Lo era realmente? No, o quizás era el ruido. O el humo que salía del tubo de escape. ¿El color de los semáforos? No, la velocidad, el aire en la cara...Pero eso es muy típico, pensó. Si hay velocidad tiene que haber aire sí o sí, si no no habría velocidad, o podría haber aire sin velocidad. Pero qué idiotez, ¿desde cuándo a uno le preocupa eso?
El hospital, impolutamente blanco por fuera y por dentro. Siempre olía a desinfectado, o por lo menos tenía esa sensación. Amaba su trabajo, pero a veces le resultaba cansado, muy cansado, o quizás era porque no encontraba la parte relajante, porque se estresaba o porque ni siquiera se paraba a disfrutar. Se acercó a la máquina de cafés con la cabeza embotada, y cogió un vaso de plástico lleno de un líquido negro bien espeso. Odiaba el café con todas sus fuerzas, era agrio, fuerte y amargo, le dejaba la boca empastosa y le costaba tragárselo tan caliente y tan quemado como el de esa máquina, pero tenía que desayunar algo y mantenerse despierto, cafeína pura y dura para el cuerpo. Daba igual si le gustaba a su paladar o no, algo tenía que tomar.
La mañana se pasa, no lenta pero movida, urgencias es un universo de historias diferentes cada una con su trágica parte que uno intentaba resolver lo mejor posible. Lo que más le gustaba de su trabajo era poder ayudar a la gente, salvar vidas en la medida de lo posible, era lo único que disfrutaba en su vida y de lo que realmente se sentía satisfecho y realizado, para lo único que se veía útil era para trabajar y para ayudar. Entre olores de yodo y jeringuillas de diferentes tamaños llegaba la hora de comer.
Tampoco es que comiera mucho, hoy tocaba bocadillo de calamares. Los calamares estaban ultracongelados, pero no sabían a nada, parecían chicles, y el pan estaba más duro que la piedra. Ni se lo acabó, simplemente se levantó y volvió de nuevo al trabajo. Y así se pasó de nuevo la tarde y parte de la noche que le tocaba de guardia. Ya, agotado y con el estómago vacío, cogió de nuevo la moto y se fue a casa. Entró en el umbral de la casa, lanzó las llaves a lo lejos, subió hasta su cuarto, se quitó toda la ropa y se metió de nuevo en la cama.
Sabía que le costaría dormirse a pesar de estar agotado, sabía que no había cenado nada y que tenía hambre pero no le importaba. Vivía dentro de una burbuja que le daba asco, estaba dentro de un mundo que odiaba y era una persona que muchas veces se asqueaba a sí mismo. Sólo supo girarse para ver el lado de la cama vacío reflejado por la luna. Estuvo mucho tiempo observando el vacío y llegó a la conclusión de que aquél que no intentaba cambiar algo que no le gustaba nunca lo conseguía. ¿De qué sirve resignarse, de qué sirve renegar si nunca consigues nada, si no te esfuerzas por cambiar lo que odias? Y en ese momento por primera vez en su vida supo exactamente lo que quería hacer y lo que debía hacer. Finalmente, cerró los ojos y se durmió por fin, agotado, pero estab vez algo había cambiado, había una sonrisa en sus labios y esta vez era de...felicidad.

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