This is my brain

dissabte, 9 de juliol del 2011

Lápices mágicos

Me encantaba el olor de los lápices nuevos
Muchas veces solía sentarme delante del escritorio. No es que tuviera algo en concreto que hacer, es como si fuera la rutina. Colocaba un puñado de lápices nuevos en tirereta, cogía un sacapuntas de metal,e iba poco a poco afilándolos hasta que todos se quedan con una perfecta punta puntiaguda bastante peligrosa, adoraba ese olor que desprendía el largo proceso de afilar los lápices, era una parte necesaria en mi vida hacer aquello. También me gustaba mucho oler los libros nuevos y los libros viejos, como costumbre, antes de empezar a leer, deslizaba lentamente mi nariz por las hojas cerrando los ojos y trataba de imaginarme la historia con sólo oler el papel.
No sé a qué venía toda esa historia del olor a lápiz o el papel en ese momento, pero fue lo primero que me vino a la mente. Por aquella época yo estaba en Escocia, al norte, al lado del mar. La humedad era terrible, y el tiempo horrible, nunca acompañaba, pero siempre alternaba mis épocas entre Canadá y Escocia para despejarme la mente. Mi faro, en el que solía refugiarme por la noche, estaba en una bahía solitaria, y varios kilómetros después ,caminando por la playa, se encontraba el hospital donde trabajaba.
¿Un hospital al lado del mar?Quizás ese era el motivo por el que había acabado allí. Los hospitales son un asco para los enfermos, y para sus familiares más, entras y todo es blanco, huele a desinfectado y la comida es a base de bocadillos de calamares con sabor a chicle para los médicos, y para los pacientes sopa enlatada sin conservantes ni sal, lo cual lo hace terriblemente vomitivo. Sin embargo, donde yo estaba todo era diferente; el olor a mar hacía más fácil la estancia dentro, y las vistas a la playa calmaban a la gente más que en una ciudad, era, un hospital diferente y algo más agradable. Lo peor era la humedad, pero habían puesto aislantes lo que no lo hacía tan mal como al principio la gente pintaba aquella locura.
¿Y qué mejor que salir a dar una vuelta por la arena antes de una operación, o después?Poca gente pasa por allí, y es el mejor sitio si quieres ver la puesta de sol. Yo solía ir bastantes veces, aunque mis fines no eran para relajarme, sino más bien para fumarme mi cigarrillo cada hora, y si había operación, dos o tres antes de entrar. Me venía bastante bien para despejarme, uno de mis peores defectos era que pensaba demasiado, y eso me llevaba a unas paranoyas monumentales.
Aquél día, en el que me vino el olor a lápices y a libros, estaba pasando una época bastante mala. no es que no me gustara mi trabajo, pero no estaba satisfecho en general con mi vida, o tal vez fuera que estaba demasiado solo y demasiado triste como para moverme. Eran muchos años caminando sin nadie a mi lado, y eso me afectaba algún que otro día. Me tumbé en la arena, y cerré los ojos para intentar despejarme de todo antes de entrar en el quirófano, y como si fuera una película, volvía al pasado.

Aquello era ridículo, ¡totalmente ridículo! Si mi madre hubiera levantado cabeza...si mi padre me viera en aquella situación, creo que me mataría directamente por rebajarme tanto como si fuera un perro.
Huí de casa de mi tía con diecinueve años, y me fui a la granja de mis padres. Modifiqué mi nombre, trabajé durante varios años en las tierras para ganar algo de dinero, e intenté llevar una vida lo más normal posible cuando me transformaron doce años después. Sí, estuve demasiado tiempo trabajando en aquél campo de maíz, pero no ganaba mucho, y mi sueño, mi ansiado sueño era ser médico rural.
Medio año después de que me transformaran, me vi obligado a huir corriendo de mi granja dejando el dinero en un sitio a salvo de la gente. ¿El motivo? A pesar de que la granja estaba puesta a mi nuevo nombre, mis hermanos me buscaban, y yo no sabía el motivo, pero desde que empezó a importarles más la herencia de mi tía en vez de nuestra familia, me olía que nada bueno era.
Todo aquello lo averigué por un idiota que dio un paso en falso, leer Sherlock Holmes hace que des con las cosas inusuales más rápidamente. Probablemente fui un cobarde al huir, pero sabía que era lo mejor y que así protegería mis dos posesiones, la granja y el faro, cogí alguna que otra pertenencia, y me fui hacia la ciudad.
Creo que estuve...como tres meses o cuatro aproximadamente, haciendo de mendigo delante de la casa de mi tía. Me tumbaba en el suelo encima de un cartón, y observaba detenidamente a mis hermanos cuando entraban y salían de la casa. Sé que habían contratado un detective privado, pero era tan pámfilo que no veía que estaba delante de sus narices, aunque debe de ser que con una enorme mata de barba que no se me reconocía ni la nariz y el pelo largo y lacio, seguro que con eso ahuyentaba a las moscas.
Me entretuvo bastante ser mendigo. Era una forma diferente de ver las cosas, huía de enfrentarme a mis hermanos, veía pasar a la gente y examinaba sus caras, y probaba otro tipo de sangre, la de rata, que estaba realmente asquerosa, lo cierto. Pero fui un auténtico gilipollas, esperaba el momento preciso para dar la cara y sin embargo nunca tenía ganas de hacerlo.
El día que lo decidí, me paré delante de la puerta varios minutos, no sabía ni qué iba a decir, pero me había cansado de ser siempre el malo de la película, el que reparaba los platos rotos de otros. Toqué a la puerta varias veces, y ¡qué casualidad!, Alan estaba a punto de irse.
_¿Quién demonios es usted?-frunció el ceño-váyase mendigo, a otro sitio
_Hace tiempo, alguien dijo que era un idiota por no preocuparme de la herencia de mi tía, por no preocuparme por el dinero y ansiar mi sueño
En cuanto dije esas palabras, mi hermano palideció y se me quedó mirando varias veces. Después, cogió mi brazo metiéndome dentro de la casa, y pegó un portazo.
_¡Pierre!¡baja ahora mismo, ha venido el infamiliar!-gritó-
Así era mi hermano mayor, inventándose todo, hasta las palabras. Cuando me giré, ahí tenía a mi hermano mellizo, mirándome con una sonrisa maliciosa.
_Fíjate, el cobardica de nuestro hermano ha aparecido
_¡Jean!¡Jean!¡fíjate, eres igual de alto que una cucaracha!¡Celebrémoslo!
Gruñí por lo bajo entre las carcajadas de mis hermanos. Años atrás, en mi infancia, mi altura siempre había sido motivo de burlas suyas, y mi extrema delgadez, aunque ahora era igual de alto que ellos.
_¿Me buscábais acaso?¿qué queréis?-alcé una ceja-
_Tú siempre tan...sin comentarios-dijo Alan mirándome-la tía está a punto de morirse, y para recibir nuestra parte de la herencia te necesitamos, si no, no conseguiremos nada...
_La cuestión es-le interrumpió Pierre-que te necesitamos para obtener nuestro dinero, luego haces lo que quieras con tu parte, pero si no estamos los tres, no recibiremos la nuestra
¿Sólamente me querían para el dinero y sus estúpidas triquiñuelas que hacían?Estaba,la verdad, bastante harto.
_No, rechazo mi herencia, quedárosla, no la quiero.
Y aquello fue una bomba. Estuvieron cinco minutos tratando de convencerme, y luego empezaron las humillaciones, como hacía doce años, como si nada hubiera cambiado. Ellos sabían que eso me dolía, metían el dedo en la yaga con la muerte de mis padres, hasta que llegó un momento en el que salté. Me fui pegando un portazo, volví a la granja, y lo primero que hice fue afeitarme y cortarme el pelo. Durante bastante tiempo, seguí tranquilamente mi vida, como si ya no tuviera miedo de que me pudieran quitar mis posesiones o chantagearme, empezaba a sonreír de nuevo en mi vida...

Cuando abrí los ojos, había pasado apenas diez minutos. Ya era prácticamente de noche, mi cigarrillo se había consumido, y yo tenía que entrar ya para la operación que me tocaba. Mientras caminaba por la orilla, me di cuenta, demasiado tiempo después, que es peor dejar que te humillen y caer en las redes de los que te hunden, que que la gente te humille, sólamente si tú te dejas que te destrocen por dentro lo harán, en cambio, si tú no quieres, nunca lo harán, es más, no hay peor humillación que la que uno mismo se hace gracias a los demás.
Antes de entrar al hospital, me giré mirando a la luna con una gran nostaligia. Cerré los ojos, respiré hondo el delicioso aroma a salitre y a arena, y me adentré de nuevo en el mundo de paredes blancas y de olor a desinfectado sabiendo, esta vez, que aunque hayamos ido a la luna, todavía hay conflictos en nuestra mente, y en nuestro corazón, pero que nunca es tarde para valorarse a uno mismo, y demostrar que un cerebro vale más que mil palabras.

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