Aquella tarde otoñal estaba yo de nuevo sentada disfrutando de la sombra de mi cerezo mientras me tomaba una taza de té inglés. Era para mí un ritual observarle mientras me atusaba la falda de mi pomposo traje y descifraba sus fracciones conforme se consumía lentamente el tiempo. No sé si él alguna vez se daba cuenta, pero nunca tomé a aquél estúpido niño huesudo que fue por un mentecato sin cerebro. Y ahí es cuando decidí que iba por fin a dar el paso definitivo, aunque su vida cambiara por completo.
Le conocí de hace mucho tiempo. Siempre vivió al lado de mi ernome mansión, papá decía que el trigo de su padre era el mejor. En realidad sentía una pena enorme por su familia, el conde de Rosthorn, Carlisle Ashford fue el mayor borracho que pisó aquellas tierras. Por eso papá les permitió vivir en la vieja granja, antes esta mansión fue la de su familia, pero el idiota del conde perdió todas sus posesiones en el juego y en la bebida.
Yo nunca sentí compasión por ellos, es más sentía asco. No asco porque fueran pobres, porque aunque iban mal vestidos eran mis vecinos y me había criado con ellos quisiera o no, era asco por la libertad que tenían. Desde que tengo memoria, nunca vi al canijo pisar la iglesia, nunca le vi llevando trajes que pican y que hacen que te caigas al suelo de lo pesado que son. Mi hermano decía que eran gusanos por ser pobres y ser felices, yo siempre pensé que él tenía recelo de no poder hacer lo que quería y tener que ceñirse a una vida de demasiada fiesta de presentación social.
En esa deliciosa tarde, mientras saboreaba lentamente el té y le estudiaba detenidamente, pude recordar el pasado como si fuera una película. Veía cuando tenía 4 años y cómo corría detrás de los hermanos para intentar no ser la que pagara. Eran buenos tiempos, todavía no se habían muerto sus padres. Muchas veces, mientras mi institutriz me enseñaba a dibujar, yo les veía corriendo como locos por el trigo para que las abejas no les picara. Él siempre fue el más veloz, el huesudo bajito y delgado, nadie le pillaba, era una bala. Y Pierre y Alan siempre caían en las redes de las picaduras, en cambio él siempre las esquivaba. Una vez me confesó que lo único que le gustaba de sí mismo era que podía correr, decía que quería volar como los pájaros. Yo le veía como un iluso, un iluso que soñaba con aprender y que disfrutaba siendo raro. Pero he de reconocer que sus sueños por muy inalcanzables que fueran le permitían entretenerse durante horas, quedarse absorto en la orilla del río y no moverse ni un milímetro.
Sí, he de admitir que no sé por qué me fijé más en él. Mientras me recoloco mi tocado, pienso que fue su rareza lo que despertaron de mí mis ganas de que cayera en mi red. No penséis que es porque me cayera mal, es porque tengo la manía y obsesión de que todo hombre inteligente caiga en mis manos, y no tengo ganas de que se me resista, potencia mi atractivo social y hace que los hombres pujen más por mí, así conseguiré más dinero cuando me case.
Decía que él siempre era feliz en en sus sueños porque nadie le interrumpía ni les sacaba de ellos. Muchas veces, cuando se colaban en las fiestas que papá hacía, se quedaba mirando a las parejas bailar como si fueran peonzas. Sus hermanos sólo hacían que comentar si fulanita o menganita era guapa, y él se limitaba a mirar los farolillos, como si tratara de adivinar qué fenómeno hacía que estuvieran encendidos. Siempre fue el más alegre de los tres, hasta que sus padres murieron.
Mamá vino del entierro de ellos medio desmayada. Es su forma más teatral de hacerse la víctima, yo sabía que no lamentaba la pérdida de sus padres, y menos que se quedaran huérfanos. Papá lamentaba que la cebada no saldría tan buena, y temía por su dinero. Mi hermano se limitaba a pasar del asunto, y yo...Pues en cierta manera también, hasta que supe que se iban. Nunca me importó que se fueran, pero echaba de menos tener a alguien con quien jugar o limitarme a reír, pasó mucho tiempo hasta que le volví a ver.
Era invierno, y llovía a montones, cortinas y cortinas de agua caían con furia sobre el norte de Normandía. Acababa de hacer mis clases de equitación cuando vi a una figura acercándose hacia la granja. Primero pensé que era un simple mayordomo, pero luego la curiosidad pudo conmigo, y fui detrás suya. De ellos no sabía nada, poco más de que estaban con su tía, pero cuando le vi a lo lejos me quedé en cierta manera sorprendida. Lloraba con fuerza sobre una vieja lápida y se zarandeaba de un hombre que le obligaba a meterse en la carroza. Parecía un miserable que odiaba su vida, un hombre que perdió la alegría hacía mucho.
Y sólo al cabo de dos o tres años, alguien volvió a pisar aquellas tierras. Un hombre cuyo nombre no me era tan desconocido, alguien que había intentado enmascarar su vinculación a Carlisle Ashford y se había dejado sus dos primeros nombres y se había puesto de apellido la última letra griega del alfabeto.
Jean estaba cambiado. Sigo llamándole canijo porque para mí y a mis ojos lo sigue siendo, pero ya no era así. Se volvió alto, y fuerte, no excesivamente musculoso pero ya no era huesudo. El pelo lo seguía teniendo igual de revuelto, algo más oscuro, y se había dejado barba, presupongo que para que no le reconocieran, porque seguía siendo el mismo.
No sé si se alegró de verme o no. Lo cierto es que estaba dando un paseo con mi amiga de Yorkshide que había venido para conocer al conde Klings, y que metiera mi precioso zapato de charol recién comprado por mamá fue la casualidad para verle. Cavando con furia donde cavó su padre, levantando la tierra y poniendo semillas para intentar revivir aquél campo. Con dos o tres palabras pude ver que me reconocía, y deduzco que tendría veinte años si llegaba.
Así que Jean el que prometía a cura no estaba en la abadía...Los rumores vuelan demasiado rápido, y era fácil hacer deducciones con tanto cotorra y tanto conde y marqués por París. Pero eso no importaba, él no había cambiado, y yo me propuse conquistarle cono un trofeo más para mi palmarés.
Ahora mismo disfruto de una deliciosa copa de sangre mientras escribo todo ésto en mi diario. El té no me sacia, lo tomo por diversión y entretenimiento. Me convirtieron con sólo veinticinco años. La eterna juventud es divertida no lo niego, pero me cansa demasiado. Papá y mamá están muertos, mi hermano en Londres, puedo hacer lo que quiera y nadie sabe nada.
Lo más entretenido sin duda fue convertirle. Como antes dije, Jean estaba en mi punto de mira hacía tiempo, y se me resistía. Llegué hasta a pensar que no le gustaba las mujeres, demasiado raro para mi gusto. No tuve elección en hacerlo, su sangre olía demasiado bien, y los rechazos nunca los asumí bien. Simplemente me acerqué una noche con mi mejor vestido, y me asomé por la ventana. Fumaba tranquilamente la porquería de tabaco inglés al que era adicto, y miraba por la ventana. Pude ver sus ojos como dos candiles, totalmente húmedos, brillantes. Era dolor, miedo, soledad, aquello que sólo me hacía disfrutar más del asunto. Cuando me di cuenta, le había mordido y bebía su sangre lentamente saboreando su delicioso sabor. Nunca seré capaz de describir a qué era, pero era dulce y ácido a la vez, una combinación muy exótica y que sin duda me volvía loca. Sentí que me sacié, y le dejé medio moribundo en el suelo con el cigarro consumido entre sus dedos y la mirada perdida, tenía los labios entreabiertos y respiraba con dificultad. Decidí marcharme antes de que pasara nada, y me relamí los labios mientras caminaba de vuelta a casa.
Al día siguente, al crepúsculo, volví a su casa para ver si el canijo había muerto para enterrarlo. Cuál fue mi sorpresa cuando estaba en el suelo sin un rasguño, retorciéndose del dolor. Mi descuido había hecho que se estuviera transformando, un descuido que sin duda cambió radicalmente su vida. Cuando me di cuenta se había levantado, y lo único que me dijo fue, :"gracias por arruinarme la vida, ahora sé que estoy maldito de todo". En un suspiro, desapareció de mis narices.
Así que él sabía en qué se había convertido del todo. Al llegar ya debía haberse completado la transformación. Quizás lo que nunca olvidaré del canijo, fue su mirada de amargura que me dedicó la última vez que me vio. Quizás hasta debería llamarle mi canijo, al fin y al cabo, fui yo la que le hizo caer en ese pozo que él ahora tanto odia, fui yo la que le dio sin darme cuenta mi sangre para que se transformara. Ahora sé que toda su vida se odiará, y disfruto, porque he conseguido mi trofeo más grande.
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