This is my brain

dissabte, 27 d’agost del 2016


No sabes que eres esclavo de un problema hasta que lo arrastras a las cloacas

Me tocaba los dedos. Me los volvía a tocar. Pero yo no me daba cuenta. Cuando giraba la cabeza y bajaba la vista en vez de un pulgar veía un dedo ensangrentado. Sin darme cuenta, sin ser consciente y sin quererlo, mis uñas solían rasgar de forma lenta la blanda piel que había alrededor de la uña. Al principio simplemente la separaba, luego poco a poco la iba levantando hasta que finalmente con la uña de otro dedo la cortaba. Y aquello se convirtió en un acto reflejo. Cuando estaba nervioso, cuando pasaba algo en casa, cuando mi tío venía borracho o mis hermanos se enfadaban conmigo por insulsas y estúpidas razones presas de sus propias locuras sólo se me ocurría liberar mi ansiedad de esa forma hasta que no me quedaba nada de piel alrededor de mis pulgares. Y vuelta a empezar...

Quizás por eso empecé a fumar. La piel tardaba en salir de nuevo unos días y la carne me dolía demasiado, acababa tensa y ensangrentada. Pasé al resto de los dedos, al índice, al meñique, a cualquiera, me daba igual, pero no podía liberar mi ansiedad, no era suficiente. No hablaba tampoco con nadie...¿A quién le iba a contar mis problemas familiares? Creía de forma inútil que el tabaco me relajaba y cuando me di cuenta caí en las redes. Pasé a depender del humo para conseguir una paz interior que ilusamente creía que perduraría y que simplemente era fruto de mi imaginación. Pero no duraba, nunca duraba, y cuando crecía la piel, sin darme cuenta, mis uñas volvían a rasgarla hasta que me la iba quitaba de nuevo otra vez...

El tabaco lo conseguí dejar atrás. Pero los dedos...los dedos serán siempre mi gran perdición.

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