¿Cómo te va todo?
Es una pregunta que me deja el cerebro seco. O mejor dicho, que me retumba tanto que me absorbe toda el agua y la glucosa que tengo en mi encéfalo, y deja de trabajar. ¿Motivos? No hace falta hablar de motivos para simplemente pasar a otra pregunta, pase usted palabra. ¿Esquivar? No esquivo porque no hay nada que esquivar, ni oculto nada porque no hay nada que ocultar. Suelo limitarme a sonreír como un gilipollas ante esa pregunta, y esa es mi respuesta. Mientras lo hago, suelo hacer un gesto para pasar a otra conversación más fructífera. El otro día, por ejemplo, levanté cinco veces mi vaso de whisky a cinco preguntas iguales.
Yo, como siempre, doy la nota, es una de mis maravillosas virtudes estúpidas. Sólo mi presencia denotaba gilipollismo agudo, con mi corbata color melocotón o naranja, resaltando frente a mi camiseta color carne, o melocotón claro, o color papagayo, ya ni lo sé. Parecía un anormal salido de la prehistoria con mi pelo indomable y mi barba de una semana, un homínido peludo que se comportaba como un animal primitivo, riéndome con la risa de gilipollas, cómo no. Y claro, con las cinco copas de whisky, acabé chispa bailando un vals con el vaso. ¿Y me preguntan por qué me llamo gilipollas?
Me quité la chaqueta gris humo para que me diera el aire y acabé haciendo ruidos con los mofletes. Luego, expuse la tesis sobre las amebas y su evolución con una estatua, y acabé cantando una canción que me hizo saltar las lágrimas, aunque no recuerdo cuál fue. Doblemente idiota.
Patético. Varios días después, algo menos peludo de cara, cogí a mi bola blanca llamada Nito, mi perro, y me fui al parque para dar de comer a las palomas. Me senté tranquilamente en un banco, desmenuzando lentamente el pan. Nito corría detrás de las palomas con la lengua fuera y los ojos brillantes de la emoción, se lo pasaba bien. Y cuando cogí la vieja cámara para hacer fotos a las palomas que eran objeto de mi estudio, me di cuenta que la gente se lo pasaba bien observándome, escrutándome con la mirada, y riéndose de mí. No caí en la cuenta del objeto de la risa hasta que me paré a observar detenidamente mi indumentaria. Definitivamente a la gente no le debía gustar mi jersey rojo oscuro con formas negras , mis pantalones de rombos verdes y azules con los tirantes y los zapatos marrones. Debí suponerme que no me había combinado bien al salir, pero otro de mis maravillosos dones es que no sé combinar nada. Me vinieron episodios patéticos de mi vida relacionados con ese aspecto y me di cuenta de que era doblemente gilipollas. Bueno, pensé. Un gilipollas raro siempre viene bien en el mundo, ¿no? Así que, cogí mi cámara, y seguí haciendo magníficas fotos movidas de las palomas comiendo pan.
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