Era uno de esos días otoñales en los que hacía un frío que calaba hasta los huesos. Estaba yo sentado en una silla de un parque mirando fijamente el tablero de ajedrez. La verdad es que me gustaba aquél sitio, era bastante pintoresco: las hojas rojas de los árboles en el suelo, el sol bañando el cielo con tonos rojizos e intentando que algún que otro pálido rayo calentara, el susurro del viento entre los árboles, el sonido del riachuelo que chocaba contra las rocas, el crujido de las ramas cuando un niño las chafaba con sus zapatillas roñosas...
Una bonita estampa para disfrutar y admirar, pero estaba demasiado enfrascado en mis pensamientos y así seguí durante no sé cuánto tiempo. Seguía mirando el tablero de madera con sus piezas perfectamente colocadas, sin moverme de mi sitio, parecía que pretendía moverlas con la mente, pero, sin embargo, lo único que hacía era pensar y pensar, uno de mis hobbies que siempre acababa por dejarme el cerebro hecho trizas y que me era bastante fructífero para evitar algún que otro pensamiento que escocía . En ese instante, cuando yo seguía enfrascado en aquellos pensamientos que se arremolinaban dentro de mí, un niño lanzó el balón con tan mala suerte que me dio de pleno en la cabeza. Cerré los ojos como viejo acto reflejo a pesar de que no dolía, y suspiré largamente lanzándole el balón. Al cabo del rato, cuando yo había puesto de nuevo la concentración en el tablero, vino el niño con timidez mirándome. Alcé la vista mirándole, y se acercó más a mí.
_Yo...Lo siento
_No pasa nada-sacudí la cabeza como si no importara el asunto-
Me miró con curiosidad frunciendo el ceño, sin entender qué hacía.
_¿Estás jugando tú solo?
_¿Yo?-solté una carcajada sonora-no, intento...déjalo, son rollos míos.
_¿El qué?-me miró esperando mi respuesta-
_Elaboro teorías-alcé las cejas-
Miró hacia atrás observando a sus amigos jugando a la pelota, y se sentó en la silla de enfrente
_¿Por qué no estás jugando?
_-suspiró largamente-porque soy un paquete -hizo una mueca-
_Hmmm...Te voy a contar una cosa que te será productiva, aunque no sé si la entenderás..-sonreí y miré al tablero señalándole las piezas-esto es algo que ya sabes, tenemos a ocho peones, dos torres, dos alfileres, dos caballos y el rey y la reina. Cada uno tiene su categoría, cada uno una función. Podemos decir que es como la vida misma-moví a un peón-al principio tienes miles de puertas que poco a poco vas cerrando conforme vas escogiendo tu propio camino, y dependiendo de ese camino forjarás tu propio destino o no...y hay veces que te lleva a un sitio correcto y otros no, pero pase lo que pase siempre hay una piedra en el camino que intenta tropezarte. Las demás piezas salen en condiciones diferentes al peón, cada pieza tiene sus movimientos, cada una tiene sus puertas y salidas diferentes, cada una es un mundo diferente y por ello las piezas han de respetarse entre otras.
El niño me miró incrédulo, como si le acabara de contar un cuento y no acabara de entender sobre qué iba, y frunció el ceño
_¿Y entonces?
_Entonces, has de darte cuenta de que aunque ciertas puertas sean difíciles de pasar no son del todo imposible, y que has de seguir tu propio camino escogiendo lo que quieras y te haga feliz independientemente de lo que te digan o hagan hacer, e independientemente de qué clase de pieza seas o en qué condición esté todo. Escoger tus propias puertas y tus propios caminos pueden hacer que seas feliz-y moví un peón hacia delante-o que seas infeliz-tiré el peón al suelo-Hay veces que es cierto que las situaciones son insostenibles, pero siempre, siempre habrá una puerta secundaria, sólamente hay que buscarla muy bien.
En aquél momento, cuando el niño seguía mirándome incrédulo, llegó la hora en el que el crepúsculo casi había finalizado, en la que debía irse. Pero no sin antes decirme:
_¿y tú qué pieza eres?
Sonreí a la pregunta que ni yo mismo sabía
_Yo simplemente soy el tablero.
Y con aquella respuesta, me levanté de mi sitio adentrándome en la noche recién iniciada, saludando a la luna, mi fiel e incansable compañera.
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